Cubo: me gusta la palabra por si sola, la rapidez con la que se puede mencionar y el objeto en sí. Ese representa algo muy preciso, muy exacto, y aunque las cosas muy minuciosas me pongan un poco nervioso, me dan calma y confianza a la vez, porque son seguras.
Marcos era un chico de doce años que vivía en una pequeña villa de Canadá con sus padres y su hermana mayor. Su padre, Pedro, trabajaba en una empresa donde elaboraban todo tipo de objetos metálicos.
Un día, sin que nadie se diese cuenta, Pedro cogió un pedazo de metal y construyó un cubo. Cuando llegó a casa se lo dio a Marcos, y le dejó claro que era su regalo de aniversario, ya que Pedro no estaría en casa ese día. Toda la familia menos él, se marcharían de vacaciones.
Tres días después, por el cumple de Marcos, todos los miembros de su familia, menos él, se fueron a los Estados Unidos. Estaba acostumbrado a que en casa nadie le escuchase y a que todo el mundo pasase de él, por eso agradeció mucho el regalo de su padre, que ahora tenía en sus manos. Se lo puso en el bolsillo de la chaqueta y se fue a comprar la merienda. Cuando entró en la tienda vio a un atracador que estaba robando el dinero de la caja registradora. El hombre amenazaba a la cajera con una navaja. Cuando vio a Marcos, lo miró a los ojos y le intentó clavar la navaja en el pecho, pero gracias al cubo no se lo pudo hundir. Marcos, rápidamente sacó el cubo del bolsillo interior del abrigo, y se lo tiró en toda la frente. El hombre cayó al suelo, y la policía, que acababa de llegar, lo detuvo y lo encerró en la cárcel. Desde entonces, Marcos, siempre lleva el cubo en su bolsillo, porque aunque en su casa no lo valoren, él los quiere igual.
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